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Aceptar el presente

12 Jan 18 - 16:40

 

Apreciar y validar lo que soy y lo que tengo en lugar de vivir preocupado por lo que no está, es posiblemente el gran reto que nos podría conducir a la felicidad. Sin embargo, ¿cómo lo vamos a lograr? Para poder saborear el aquí y el ahora debemos soltar la melancolía por el pasado, dejar de culparnos por las equivocaciones y situaciones no aprovechadas, además esperar el futuro sin adelantarnos demasiado con expectativas saludables.
 

 

A fin de alcanzar una existencia con más sentido, más plena, más armoniosa, la mayor parte de las corrientes filosóficas y espirituales de oriente coinciden: hay que incorporar en el proceder diario el principio de mantener una mente centrada en el momento presente. Esto también coincide con los principios de psicoterapias humanistas modernas como la Gestalt.

Se trata de vivir la vida en pleno contacto con el aquí y el ahora, sin dejarse arrastrar por la tendencia de la mente de rumiar una y otra vez con experiencias del pasado o de fantasear, la mayor parte de los casos, negativamente acerca de los acontecimientos que pueden ocurrir en el futuro.

La vida se desarrolla exclusivamente en el presente, nadie puede regresar a componer algo del pasado, ni determinar con pleno control algo del futuro. Sin embargo pasamos gran parte de nuestra existencia orientados psicológicamente hacia el pasado o bien hacia el futuro. Nos referimos aquí a orientaciones disfuncionales o problemáticas, puesto que recordar o anticipar no son, por sí mismos, actos perniciosos; todo lo contrario, son facultades, que si se usan de manera apropiada, resultan extremadamente útiles para el ser humano.

Una de las formas nocivas de orientarnos psicológicamente hacia el pasado son las añoranzas. Es un intento de re-vivir, de volver a vivir momentos agradables que ya pasaron y experimentar de nuevo aquellos sentimientos que una vez tuvimos. Esto en sí no es nada malo. El problema surge cuando, cuanto peor estamos aquí y ahora, más tendemos a irnos allá, al pasado; entonces, añorar se convierte en una forma de evitar estar aquí. Cuando nuestra respuesta habitual a las situaciones difíciles es recordarnos constantemente lo que perdimos y ya no tenemos, lo que conseguimos es, lejos de volver a vivir las mieles del pasado, comenzar a vivir las hieles del presente en forma de tristeza.

Otra manera insana de orientarnos psicológicamente hacia el pasado es la autoinculpación. Por ejemplo, una persona ha estudiado una determinada carrera y, como en ese momento tiene dificultades para encontrar trabajo, comienza a decirse que no debería haber estudiado algo con tan poca salida profesional, que debería haber estudiado otra carrera. De nuevo, estos pensamientos tienen un doble rasero. Si son puntuales y los utilizamos para sacar una conclusión de la experiencia y aplicar el aprendizaje al momento presente, pueden ayudarnos. Pero si surge cuando nos quedamos anclados en la inculpación y no logramos extraer el aprendizaje de dicha experiencia, se convierte en un ejercicio estéril, agotador y desesperanzador. Además, como ocurre con las añoranzas insanas, es una forma de evitar mirar el presente de frente y afrontarlo con resolución. Cuando este proceder se convierte en algo habitual, el sentimiento que experimentamos es, casi con toda seguridad de culpabilidad.

Una de las formas más comunes de orientarnos mentalmente hacia el futuro es a través de las preocupaciones. “Pre-ocuparse” es intentar ocuparse de algo antes que ocurra. Si la anticipación del posible problema nos lleva a tomar medidas por anticipado para prevenirlo, habremos conseguido reducir los riesgos. Pero si lo que hacemos no es más que dar vueltas, una y otra vez, a lo que tememos que suceda, nos estamos torturando a base de “re-vivir” una y otra vez, el posible hecho que no ha sucedido y posiblemente no suceda. Es importante tomar conciencia de esto último, las personas que se preocupan en exceso, están llenas de fantasías catastróficas que no se cumplen, pero sufren y viven constantemente en ese sufrimiento. La mayor parte de nuestras experiencias de vida son neutrales, esto es, ni son tan buenas como nuestros anhelos quisieran, ni son tan malas como nuestras preocupaciones nos señalan.


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